TODO CAMBIÓ / Por: Alberto Calderón P.

La velocidad es una de las cosas que han permitido al hombre disminuir en poco tiempo las distancias, generando la inmediatez y globalidad comercial, cultural y ahora también los virus que viajan en avión por todo el mundo.

Pero no siempre fue así, antes de la revolución industrial la programación del tiempo se adecuaba en muchos casos a la gente, se tenía la paciencia que permitía el conocer el tiempo que tardaría el trote o galope de los caballos entre dos puntos o los vientos que permitían el avance de los barcos de velas. Un salto que transformó nuestra forma de percibir el tiempo lo generó la máquina de vapor, las fábricas hacían en un día el trabajo lo que un hombre haría en toda su vida, también llegó con 21 cañonazos y cuarenta mil personas reunidas para ver el primer tren de pasajeros en el viaje inaugural en Yorkshire (Inglaterra) en 1825, ahí nos percatamos que los dueños de la economía alimentaban la velocidad no solo de los productos que fabricaban y su más inmediata distribución, también aceleró la vida de las personas.

Ya lo decía Benjamín Franklin cuando su frase “El tiempo es oro” y con ella selló los beneficios que aportaban las prisas, esa nueva mentalidad propició el pago a los trabajadores por hora en lugar de hacerlo por jornada, sabían que todo minuto costaba dinero y podía acelerar la producción.

Ya para 1850 la oficina de patentes en los Estados Unidos registraba más de 1500 inventos de los cuales en su mayoría eran de máquinas que hacían más eficiente el trabajo, con la velocidad se ahorraba tiempo. En principio las comunicaciones evolucionaron con la aparición del telégrafo en 1837, el teléfono una década después; decía el historiador Herbert Casson “la mente ha adquirido un nuevo hábito, nos hemos desprendido de la lentitud y la pereza”. También vinieron en cascada, implementos de movilidad asombrosa, el metro empezó a trabajar en Inglaterra en 1863, el tranvía eléctrico en Berlín años después, para 1913 la movilidad autónoma del hombre se hizo presente con la incorporación al mercado de los automóviles Ford.

Ahora que nos encontramos muchos en nuestras casas, alejados de la velocidad y del tiempo, ya no tenemos el ruido del reloj despertador en las mañanas, que timbró por primera vez en 1876 y de los molestos relojes checadores para marcar el inicio y terminación de la jornada, donde por causas muchas veces fortuitas llegamos al límite o con retardo a nuestras actividades, las nuevas tecnologías ahora nos registran por aproximación de una tarjeta, huella digital, retina y muchas otras formas de controlar el tiempo que prestamos al trabajo.

La reflexión debe llevarnos a valorar lo que hacemos y dejamos de hacer, ya lo decía el francés Alexis de Tocqueville en el lejano 1830 pero que tiene mucha vigencia en nuestra actualidad “Quien se interesa exclusivamente por la búsqueda del bienestar mundano siempre tiene prisa, pues sólo dispone de un tiempo limitado a su disposición para asirlo y disfrutarlo.

El trabajo, la sociabilidad con la familia y amistades es algo que hemos limitado al igual que los paseos, pero otras cosas que hemos creado como necesidades antes imprescindibles nos percatamos que en realdad no lo son tanto. ¡vida y salud!

Xalapa2000@hotmail.com

Miembro de la Red Veracruzana de Comunicadores (REVECO)

Imagen: http://historico.oepm.es/museovirtual/lib/slider/slider_ferro.php?id=xix

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